Quería irme… pero mi cuerpo se aferraba a alguien que me estaba rompiendo.
¿Has estado enganchada a una relación de la que sabes que deberías salir… pero no puedes?
Esa que te hizo creer que no encontrarás a alguien mejor.
Esa en la que sabías que no era sano quedarte… y aun así te quedaste.
¿Alguna vez sentiste que, si te elegías a ti, ibas a perder algo más?
¿Cómo se vive el duelo de soltar algo que nunca fue sano?
¿Cómo te quedas en una relación en la que no quieres estar…
pero tu cuerpo no coopera?
Creo que la verdadera pregunta es:
¿por qué me quedo?
Y para responder eso, tuve que irme más atrás…
a cómo aprendí a amar.
Aprendí que el amor se gana.
Que el amor se sostiene.
Que si hago las cosas bien, voy a recibir algo a cambio.
Y entonces entendí algo más duro todavía:
qué difícil era ser yo… y que aun así me quisieran.
Así que aprendí a:
aguantar,
adaptarme,
portarme bien.
Y eso… se me quedó.
Cuando conocía a alguien y sentía conexión, pensaba:
“ahora sí… ahora sí va a funcionar”.
Como si ya hubiera pasado todo lo malo.
Como si esta vez fuera diferente.
Pero no lo era.
Pasé mucho tiempo sintiendo esa presión en el pecho,
ese nudo en el estómago que no se iba.
Y sí de pronto hacía algo lindo.
entonces todo volvía a una falsa calma.
Mi cuerpo se relajaba.
Yo también.
Pero era momentáneo.
Y sin darme cuenta, me acostumbré a eso.
A que el dolor se fuera… solo cuando él volvía.
Hice esa incomodidad tan pequeña,
que dejé de verme a mí.
Cuando algo dolía, lo buscaba.
Su cercanía, su calidez… su validación.
Para no sentir rechazo.
Para no sentir incertidumbre.
Porque la incertidumbre duele.
Duele mucho.
No saber qué eres para alguien…
se siente en el cuerpo.
Siente:
Ansiedad.
Vacío.
Miedo.
Mi cuerpo se tensaba, temblaba… se paralizaba.
Y aun así me quedaba.
Porque estar conmigo…
se sentía más solo.
Cuando empecé a mirarme de verdad, entendí algo:
Yo no quería necesitar.
Quería ser la fuerte.
La que puede sola.
La que cuida.
La que sostiene.
Como si así pudiera hacer que alguien se quedara.
Pero… ¿por qué tenía que dejarme a mí para que alguien más se sintiera cómodo?
¿Por qué tenía que olvidarme de mí…
para no sentir abandono?
Y entonces todo empezó a hacer sentido.
Elegía personas que necesitaban algo de mí.
Y yo estaba lista para darlo.
Elegía a la persona que me reflejaba mis heridas
Donde me sentía como en casa…
Porque eso era amar, ¿no?
Cuidar.
Sostener.
Adaptarme.
Pero no era amor.
Era aprendizaje.
Cuando confundes la intensidad de una relación con amor,
no es conexión, es tu pasado hablando…
Porque es lo que conoces.
Si creciste con amor inestable,
distante, o condicionado…
tu cuerpo aprendió eso.
Lo registró.
Y lo repite.
No porque quiera sufrir,
sino porque intenta resolver algo que se quedó abierto.
Por eso te quedas.
Porque tu cuerpo no está buscando amor.
Está buscando cerrar una herida.
Entonces dejas de saber
cómo se siente la paz.
Y empiezas a creer
que el amor siempre duele.
Pero no.
No estoy eligiendo a una persona.
Estoy eligiendo sensaciones conocidas.
No estoy eligiendo con amor.
Estoy eligiendo desde el dolor.
Con cariño
Vanesa Canela
Para sentirnos menos solas
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