Los amores de mi vida (y cómo me fui perdiendo en ellos)

¿Cuántos “amores de tu vida” has tenido…
y cuántos te rompieron más de lo que te construyeron?

Creemos que el amor llega una vez.
Pero no…

Llega varias veces
y no siempre sabe amar.

¿Recuerdas tu primer amor?

Ese con el que pensabas que estarías por el resto de tu vida.
Con quien jurabas amor eterno.

La familia la perfecta,
la boda soñada.

Con quien pensabas que todo sería fácil.
Al que creías tu cómplice de aventuras.

Con quien fue tu primer beso,
tu primer todo.

¿Recuerdas cómo todo fue cambiando?

Parecía repentino,
pero en realidad, desde el inicio, ya se veía el final.

Porque era un amor “eterno”…
pero de adolescentes.

Lo viste alejarse.
Lo viste cambiar.
Lo viste crecer.

Preferir a los amigos.
Mirar a otras chicas.

Y cuando eso pasaba…

te llenabas de rabia,
de tristeza,
de miedo al rechazo.

¿Recuerdas el sufrimiento que eso te causaba?

Dolía el cuerpo.
El alma.

El corazón.

Buscabas respuestas…
pero nadie las daba.

Recuerdas las llamadas que se iban directo a buzón.
Podías escuchar tu corazón partirse en mil pedazos con cada intento.

Sentías el dolor en los dedos al marcar el teléfono.

No te dabas cuenta de que él ya se había ido…
solo que no te lo había dicho.

No le importaba tu dolor.

Al día siguiente —si tenías suerte— aparecía,
te abrazaba sin dar explicaciones
y todo parecía volver a la normalidad…

Pero el ciclo comenzaba de nuevo.

El ciclo del sufrimiento parecía interminable.

Y, aunque doliera, no te ibas.
Te quedabas, esperanzada,
pensando que un día todo cambiaría.

Que él cambiaría.
Que volvería a ser la persona de la que te enamoraste.

Pero un día entendiste algo…

Algo que no solo rompió tu corazón,
sino también tu alma.

Ese primer amor ya se había ido.

Con otra,
con otros,
con todos… menos contigo.

Te había dejado a un lado, así, sin más.
Sin verte a ti.
Sin verse a él contigo.

Esa noche lloraste hasta dormir.

Y al día siguiente… no salió el sol.

Siguió nublado.

Y así fueron tus días:
nublados, sin sol, sin lluvia,
solo nubes grises.

Pero, poco a poco, comenzaste a verte sin él.

Recordaste quién eras sin él.

Descubriste que incluso en los días nublados…
hay sol.

Solo había que dejar que las nubes siguieran su camino.

Un día volviste a ver el sol.

Y ese primer amor
se convirtió en un viejo amor.

Se quedó en un recuerdo.
En un baúl guardado en un rincón oscuro.

Un lugar donde, con el tiempo,
guardarías a los siguientes “amores de tu vida”.

Porque sí…

habrían muchos.

Amores que te enseñarían que el amor se acaba.
Que la vida no es un cuento de hadas.
Que Disney miente.
Que la perfección no existe.
Y que el amor… no siempre basta.

Creaste una coraza.

Para protegerte de esos amores.
De esos amores peligrosos.

Pero aún no aprendías del todo.
Aún te faltaba vivir.

Tus 20s fueron el inicio de una vida
maravillosamente desagradable…
terriblemente encantadora.

Cuando creaste esa coraza,
sellaste tu destino con los hombres.

Al menos hasta que descubrieras
cómo amarte, cómo amar bonito,
cómo querías ser amada.

Los hombres de tu vida
se volvieron parte de esa armadura de “chica fuerte”.

Pero en realidad…

solo era miedo.

Miedo a no saber amar.
Miedo a no saber elegir.
Miedo a no ser elegida.

Buscabas en cada uno de ellos
ser la elegida.

Pero no lo demostrabas.

Era solo un personaje.
Una versión de ti que creaste
para sobrevivir a tus hermosos 20s.

En ese camino espinoso hacia el amor…

hubo tropiezos,
hubo noches de llanto,
hubo enojo, frustración.

Y aun así, no parabas.

Seguías buscando.

Encontraste amores fugaces.

Noches donde también brillabas.

Y sí… brillabas.

Tu sonrisa, tu personalidad —la real y la que construiste—
se unían y opacaban las luces de la ciudad.

El primer amor parecía olvidado.

Un falso olvido.

Porque sí lo recordabas.

Pero ya no dolía.

Ya no lo sufrías.

Le habías dado todo…
y no recibiste nada.

Y ahora, incluso, agradecías que se hubiera ido.

Pero tu historia ya te había marcado.

Repetías patrones…
y ni siquiera lo sabías.

No sabías qué era el amor.
Ni cómo se construye una relación.

No te habías dado cuenta
en dónde te habías metido.

Ese lugar incómodo
de repetir tu historia familiar.

Y así llegaron los siguientes
“amores de tu vida”.

Pero esa búsqueda te ha salido cara.

Más de lo que imaginabas.

Te has golpeado contra muros,
creyendo que ahora sí sería “el bueno”.

Has pagado con tu salud:
física, emocional y mental.

Y la lista sigue.

Con cada uno aprendes.

Eliges un poco mejor…
o no.

Porque al final, seguías haciendo lo mismo:

elegir al incorrecto
esperando que fuera el correcto.

Ilusa.

Caíste en tu propia trampa.

Elegiste desde el desamor propio.

Desde la coraza.

No desde la ternura
de esa adolescente enamorada de la vida.

Pero no de ella misma.

Dejaste que tus amores te apagaran.
Que te rompieran.

Y todo…

por no amarte a ti primero.

Porque nadie te enseñó.

Porque nadie te dijo cómo hacerlo.

Porque aprendiste a amar…
pero a medias.

Con cariño
Vanesa Canela
Para sentirnos menos solas

© 2026 Vanesa Canela. Todos los derechos reservados.
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