Sexualidad femenina y culpa aprendida
Entre más pasa el tiempo, más fácil se vuelve hablar de sexo para una mujer.
No estoy diciendo que al 100%, pero nos acercamos… claro, con precaución.
Al ser criada en una familia religiosa, había muchos tabúes alrededor de este tema; para empezar, no se podía tocar en casa.
Con ello vinieron los miedos, porque parecía que pensar en sexo era pecado.
Mostrar deseo no era permitido en una mujer; tenía que ser reprimido.
Ahora pienso en las mujeres antes de mí y creo que estamos en la gloria.
Al regresar al presente no lo parece así, pero se va acercando.
Muchas de nosotras tenemos una lucha interna: un cinturón de castidad psicológico impuesto por la sociedad, que nos lleva a la vergüenza de hablar del tema.
Llegamos a pensar que si alguien más se entera de lo que pensamos, seremos juzgadas, tachadas como indecentes.
Que no nos van a comprender y solo tendremos críticas que destruirán nuestra autoestima.
Seremos quemadas en la hoguera por un fuego social que tardará en extinguirse.
Miedo a ser “alguien fácil”
Cuando queremos tener relaciones sexuales, lo pensamos demasiado.
Se genera un miedo a ser vistas como “alguien fácil”, como si ser libres nos desconectara de nosotras mismas.
Como si el sexo sin amor fuera un acto vacío.
Como si no pensáramos en sentimientos, solo en sexo, y por ello pudieran desecharnos sin el mínimo remordimiento.
Como si no fuéramos merecedoras de una relación romántica.
Como si solo pudiéramos ser vistas como objeto sexual porque ya no valemos como personas, porque hemos perdido nuestra “pureza”.
Conversación entre amigas
En varias pláticas con amigas me he dado cuenta de que a muchas nos genera pena hablar o disfrutar de la libertad sexual.
Y a veces esto nos impide disfrutar del momento, porque en la mente solo pasa la idea:
¿Qué pasará después?
¿Qué percepción tendrá de mí?
¿Me hablará al día siguiente?
El problema no es la libertad sexual ni el sexo.
Es la culpa aprendida.
Las cadenas que atan.
El no escribir nuestro propio código en un mundo de leyes ajenas.
Cuando no llama
¿Qué pasa si no llama?
Entonces me empiezo a autocriticar.
Me lleno de prejuicios.
No debí acostarme con él.
Debí hacerlo esperar.
Ni siquiera lo disfruté…
Pero no entiendo: al inicio quería hacerlo.
¿Por qué ahora me siento tan culpable y llena de remordimientos?
Nuestra moral comienza a castigarnos.
Recordamos cada escena con gusto y culpa.
Y el deseo se apaga.
La catástrofe de ser rechazada
¿Qué pasa si después del sexo no me escribe?
En varias ocasiones llegamos a sentir rechazo, abandono.
Creemos que hicimos algo mal, que el acostón fue la causa, que no debimos hacerlo.
Dejamos de lado el hecho de que simplemente él no quería nada más.
Nunca lo quiso.
No fue el sexo.
Fue la falta de interés.
Quizás ni siquiera tú querías algo más.
Pero sentirte abandonada te llena de autorreclamos, de un vacío en el estómago, de sentimientos de soledad cargados de una cruda moral que parece interminable.
Dar sexo por amor
En esas charlas de mujeres he descubierto que, en ocasiones, no queríamos llegar a culminar el coito.
Pero como ya estábamos en el momento, no pudimos decir que no.
Aprendimos que la negativa nos hacía perder amor.
¿Qué pensará de ti si dices que no?
¿Cómo lo vas a dejar así?
No es justo…
Y terminas cediendo sin querer hacerlo.
Lo haces para que no piense que lo rechazas.
Para no hacerlo sentir mal.
Porque crees que se alejará.
Entonces te convences de que tu única opción es decir que sí:
el autoengaño de dar sexo por amor.
Pregúntate por qué estás teniendo sexo.
¿Es por llenar un vacío?
¿Por miedo a sentirte sola?
¿Porque amas a la persona?
¿O solo porque quieres?
¿Has elegido hacerlo por deseo…
o porque necesitas que la persona se quede
y crees que solo de esa manera podrás retenerla?
Elegir desde el deseo
Cuando aprendes a decir sí y no…
Cuando entiendes que tu valor como persona no está entre tus piernas
y que el deseo no debe nacer del miedo al abandono,
comienzas a preguntarte:
¿Estoy eligiendo
o estoy intentando que no me dejen?
Entonces el cuerpo deja de ser negociación
y el placer deja de ser estrategia.
Te vuelves tu propio territorio.
Ya no complaces para quedarte.
Te eliges.
Y desde ahí,
habitas tu libertad
con amor propio.
Con cariño
Vanesa Canela
Para sentirnos menos solas
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